La Esperanza Peregrina

El hijo pródigo: volver a Dios y aprender a perdonar

«Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida» Lucas 15, 11-32; especialmente Lucas 15, 24

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EditorialActualizado 06/10/2026

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola comienza con una ruptura. El hijo menor pide la herencia, se aleja de la casa y desperdicia lo recibido. Cuando pierde sus seguridades, descubre también cuánto se ha apartado. Su regreso nace entre el hambre, la memoria y el reconocimiento de sus decisiones. No puede deshacer el pasado, pero sí puede dejar de huir y volver.

La culpa puede cumplir una función saludable cuando nos ayuda a reconocer el daño, asumir responsabilidades y buscar reparación. Sin embargo, se vuelve destructiva cuando nos convence de que ya no merecemos amor ni tenemos posibilidad de cambiar. El hijo prepara un discurso en el que acepta vivir como trabajador, pero el padre sale a su encuentro antes de escuchar todas sus explicaciones. Dios no niega lo ocurrido; responde abriendo un futuro que el hijo ya no era capaz de imaginar.

El abrazo del padre muestra el corazón de la misericordia. Perdonar no significa llamar bueno a lo que estuvo mal, borrar las consecuencias ni evitar límites necesarios. Significa que el pecado y el fracaso no tendrán la última palabra. La reconciliación auténtica incluye verdad, arrepentimiento, responsabilidad y, cuando es posible, la reconstrucción paciente de la confianza.

La parábola también nos invita a mirar al hijo mayor. Él permaneció en casa, pero recibe con enojo el regreso de su hermano. Se compara, lleva cuentas y siente que la misericordia concedida al otro disminuye su propio valor. Podemos reconocernos en él cuando creemos que perdonar es premiar la injusticia, cuando nos cuesta alegrarnos por el cambio de alguien o cuando usamos sus errores para mantenerlo prisionero del pasado.

En distintos momentos podemos ser el hijo que necesita regresar, el hermano que necesita abrir el corazón o la persona llamada a reflejar la paciencia del padre. Volver a Dios comienza con un paso sincero: nombrar lo que sucedió, pedir perdón y aceptar su ayuda. Aprender a perdonar puede requerir tiempo, oración, conversación y límites prudentes. La misericordia no obliga a exponernos nuevamente al daño, pero sí nos libera de vivir gobernados por el resentimiento.

Hoy podemos preguntarnos: ¿necesito volver, recibir perdón o comenzar a perdonar? El Padre continúa saliendo al encuentro. Su casa no es un lugar reservado para quienes nunca fallaron, sino una comunidad en la que todos podemos ser restaurados por el amor y aprender a reconciliarnos.